Análisis genéticos que pretenden sustituir el cortejo amoroso y las primeras citas

Quiero compartir con vosotros algo que leía esta mañana y que me ha hecho reflexionar acerca de lo que somos capaces (para variar, ambas cosas). La verdad es que resulta hasta gracioso y seguro que en momentos determinados, tras salir de una relación complicada y tormentosa, muchos de nosotros hemos llegado a pensar que ojalá se inventara la formula perfecta para saber de antemano si algo va a salir bien, antes de implicarnos y dejarnos llevar por nuestros sentimientos, antes de que se nos vaya de las manos. Pues bien señores, parece ser que alguien ha escuchado nuestras plegarias y se las ha tomado muy a pecho. Se trata de un kit con el que podremos saber qué compatibilidad tenemos con otras personas a través de un análisis genético y un test psicológico, incluso antes de conocerlas personalmente. «¿Imaginas poder resolver tus problemas de pareja antes de tenerlos?», con este reclamo intenta vender su producto la doctora Wendy Walsh.

Ahora, en serio, ¿Es que estamos tontos? ¡Con lo importante que es equivocarse en esta vida! No sabemos qué inventar ya con el propósito de hacer algo que nunca antes de haya hecho, con el objetivo de ser los primeros, de ir por delante, de innovar, de patentar, de querer hacerlo todo más fácil y bonito, con el fin de hacer negocio con todo eso con lo que más fácil resulta persuadir a las personas: con las emociones y los sentimientos. Pero ¿Qué moda es esta de que la ciencia se meta en terrenos donde pinta más bien poco? Que no me toquen el romanticismo estos de las probetas, gafas de inteligentes y bata blanca. Que en esto del amor a los conejillos de indias hay que dejarlos ser, dejarlos estar, no hay que coartarlos, frenarlos o dirigirlos en la dirección que a alguien un día de repente se le ocurra, porque a juicio de ese alguien, eso lo mejor para esa persona. ¿Quién tiene derecho a decidir qué es lo que más nos conviene? ¿Hasta dónde vamos a ser capaces de llegar? En estos momentos siento una mezcla de terror, pena e indignación, porque lo peor es que nos lo venden como la solución a nuestros problemas como personas modernas, avanzadas y del siglo XXl que somos. Bien, pues yo reniego de este circo lleno de payasos, leones y domadores que entre todos estamos montando.

El hecho de que una relación se termine después del tiempo que sea, no significa haber perdido el tiempo ni mucho menos. Significa que has querido mucho a alguien y lo has intentado. De hecho, cada relación fallida nos termina de dar forma, nos enseña muchas cosas, nos ayuda a conocernos a nosotros mismos, nos hace ver lo que queremos y lo que no. Necesitamos relaciones fallidas para darnos cuenta de cosas con paso del tiempo, para cuando llegue esa otra persona que siempre llega. Pienso que tenemos que decidir y equivocarnos por nosotros mismos, para que llegue el día en el que tras decidir, sepamos que hemos tomado la decisión acertada. Tenemos que sufrir y pasarlo mal para aprender a valorar todo lo bueno que tenemos y todo lo bueno que nos pase. Tenemos que ver cómo aquello en lo que creíamos de manera firme de repente un día se tambalea y dudamos hasta de nosotros mismos. Tenemos que cometer errores para aprender a acertar. Una relación es la única manera de conocer a la otra persona día a día, por cada una de sus acciones. Es también ceder en determinados aspectos en los que jamás pensarías que cederías por nada ni nadie, es aprender a pensar en dos en lugar de en uno mismo, es darte cuenta de si puedes o no vivir sin él o sin ella, y de si necesitas seguir avanzando, tener una vida en común con esa persona y que al despertarte cada mañana, sea lo primero que veas. Pienso que todo eso es algo que hay que vivir y comprobar por uno mismo. Y pienso además, que eso es lo que más merece la pena. No creo que necesitemos análisis genéticos para saber lo compatibles que somos con alguien. Necesitamos equivocarnos, igual que necesitamos dejarnos llevar, y ver qué pasa esta vez.