Sé muy bien de lo que hablo.

Hay una persona a la que últimamente no se lo pongo nada fácil y me siento un poco mal por eso. Él me ha fallado y me ha hecho daño con cosas que han pasado, que ha dicho y hecho, y con otras que no, también. Pero no puedo estar toda la vida recordándoselo y castigándolo por eso. Yo decidía si perdona y olvidar todo para seguir adelante, o por el contrario, bajarme del barco en mitad de la tormenta, tirando la toalla. Pero decidí la primera opción, porque siento que es el hombre de mi vida. Bueno no solo lo siento, estoy de hecho segura de eso. Y yo sé que mi actitud me aleja completamente de todo eso que quiero, me aleja de él. Y hoy, no porque sea lunes, que también, porque si lo pienso, el lunes es el día para todo aquello que nos proponemos y con lo que nos comprometemos a empezar. Hablo de las dietas, de apuntarte al gimnasio, de planear el resto de la semana o de una reunión importante. En fin, ¿Por donde iba? Yo y mis rodeos. Pues iba por lo de que justo hoy he sentido la necesidad de empezar con esto de… vamos a llamarlo “cambio de actitud” o “dejarme de gilipolleces”, porque a las cosas por su nombre. Y llevo un rato intentando pensar cual ha sido el detonante para que justo hoy me haya replanteado todo esto, pero no logro dar con ello, porque siempre suele haber un detonante, ¿No? Bueno, quizás ahora mismo eso sea lo de menos. El caso es que he decidido escribirle algo a esa persona a la que últimamente no se lo pongo nada fácil. También se la podía haber dicho directamente, ya que hablo una media de tres o cuatro horas con él al día, pero no era plan llamarlo a las dos de la mañana porque seguramente se asustaría, y la verdad es que no necesito decírselo mañana a las tres de la tarde o a las once y media de la noche, yo necesitaba soltárselo en este justo momento, porque él mismo me enseñó que no dejara para mañana lo que pudiera hacer hoy. Y como ni siquiera sé si mañana podré hacerlo, he decidido escribirselo en este blog. Así también podremos alguno de los dos, o los dos, leerlo cuando pase un tiempo y seguramente sonriamos al hacerlo. Allá voy.

“Hay una intervención drástica para tratar la epilepsia que consiste en cortar la conexión entre los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro, para bloquear las señales que provocan las convulsiones. El problema es que también impide al cerebro comunicarse consigo mismo. El hemisferio izquierdo no sabe lo que se propone el derecho. El paciente puede sufrir problemas de coordinación, memoria o habla. Se trata de una solución drástica que solo se lleva a cabo cuando las demás opciones han fallado, porque en cuanto se hace ese corte, no hay vuelta atrás.

Pues bien, hay una razón por la que los cirujanos están dispuestos a jugárselo todo en una operación arriesgada, sin vuelta atrás y que podría tener terribles consecuencias: A veces funciona.”

A mi me gusta extrapolarlo a cualquier otro ámbito. De hecho pasa más a menudo de lo que muchas veces imaginamos. Pasa cuando decides jugártelo todo en una decisión que estás tomando. Pasa por ejemplo cuando decides dar una segunda oportunidad a alguien, o una tercera. Pasa cuando decides seguir confiando aún a pesar del dolor que provoca en ti saber que han fallado. Cuando algo dentro de ti te dice que de no hacerlo, te arrepentirás durante el resto de tu vida. Cuando aún invadida por la rabia, el miedo, y la impotencia, sientes que todos cometemos errores, cuando comprendes que el orgullo no te llevará a ninguna parte, al menos no a ese sitio con el que llevas soñado toda tu vida con poder llegar. Pasa cuando eres capaz de sentir por adelantado que estás tomando la decisión correcta, porque no concibes tu vida sin la vida de esa otra persona por la que estás dispuesta a jugarte todo lo que tienes, y lo que no también. Pasa cuando quieres de verdad y cuando sabes que él te quiere por encima de todo, de su propia vida incluso. Pasa cuando miras a tu alrededor y te sientes orgullosa y afortunada por esa gran persona que tienes a tu lado. Porque yo me siento justo así. Y no necesito ni siquiera tiempo que me haga ver que la decisión que he tomado es la acertada. Yo ya lo sé. Es la decisión correcta porque he sido fiel a lo que siento, porque ha sido tomada con el corazón y con la cabeza, con la piel, los sentidos y con cada centímetro de mi cuerpo. Porque de no haberlo intentado una vez más, habría comenzado a morir en vida. Y a mi me da igual que se trate de una decisión arriesgada, como me dan igual las terribles consecuencias. Se que ninguna de esas consecuencias que de esta decisión se desprendan van a llegar a ser nunca terribles, si acaso terriblemente buenas. A mi me basta con saber que a veces funciona. Y se que es la decisión correcta porque tenemos planes. Porque quiero irme a vivir con él, que nos peleemos por el lado caliente de la cama, elegir el color de las putas cortinas, casarnos y tener hijos, aunque duela y en un futuro muy muy lejano (Sé que ahora se estará riendo). Y envejecer juntos, hasta que alguno de los dos se desvanezca. ¿Cómo iba a equivocarme con la decisión que he tomado? Creedme, sé muy bien de lo que hablo.

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