Por la mañana lo verás todo mejor, siempre pasa.

 

“Por la mañana lo verás todo mejor, siempre pasa”.

Anoche me fui a la cama con la esperanza, pretensión, propósito, deseo, y más que deseo, con la necesidad de que esto que yo tanto predico, hoy más que otros días se cumpliera.

Me paraba a hacer balance, y últimamente las sonrisas parecen pujarse demasiado caras para mí. Necesito volver a sentirme el mejor postor en cuanto a materia de felicidad se refiere. Pero aunque nosotros tenemos mucho que ver al respecto, la felicidad también está condicionada por una serie de factores externos y ajenos a nosotros mismos. Para ser felices necesitamos ver también felices a las personas que más queremos. Y si esto no pasa, a lo máximo que podemos optar es a algo así como una felicidad a medias. Es tan rara y tan relativa la felicidad, tan inestable pero a la vez tan necesaria, que anoche me fui a la cama algo cabreada con el mundo. Es tener la sensación constante de que por mucho que me empeñe, hay cosas que parece que nunca vayan a cambiar. Una mezcla de rabia, impotencia y decepción. Pero cuando me siento como anoche, tengo también mis momentos de lucidez y de ser consciente de que hay cosas que se escapan a nosotros. Entonces, me siento egoísta porque al fin y al cabo, seamos capaces de verlo o no, siempre podría ser peor. En momentos como los de anoche, me paro a pensar y siento que la felicidad también consiste en sentir que somos felices aún cuando se trate solo de esa felicidad a medias. De hecho, por muy buen momento que estemos atravesando, siempre habrá complicaciones que surjan y que turben o empañen esa felicidad que segundos antes estábamos experimentando. Quizás ahí es donde resida realmente la felicidad.

Ha funcionado. Esta mañana al despertar lo he visto todo mejor. Al fin y al cabo, dicen que siempre pasa, ¿No?.

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Porque las cosas pueden ser como tú quieres que sean.

– Cariño, ¿Verdad que las cosas no deben ser siempre como los demás nos pintan que son, o como los demás quieren que sean? Ni siquiera lo son como pensamos que debieran ser, ¿Te has parado a pensarlo?

– ¿Cómo? No sé a qué te refieres.

– Mira, lo vas a entender mejor así. Esta era mi cena:

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– Pero así es como yo he querido que fuera:

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– Dios, amor eres increíble.

– ¿Lo entiendes ahora un poco mejor?

– ¡Claro que lo entiendo, lo entiendo todo!. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

– Tú eres mi vida, tonto.

Yo mataré monstruos por ti.

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Martina no puede dormir por las noches porque tiene miedo. Cree que bajo el suelo de su habitación se esconde un mundo habitado por monstruos que caminan con la cabeza hacia abajo. Martina cree que si un día se ponen de acuerdo y saltan todos a la vez, la frontera entre ambos mundos puede desaparecer y haber un lucha muy igualada entre humanos y monstruos, consiguiendo éstos llevársela a su mundo y obligándola a caminar del revés.

Al otro lado del suelo, la niña-monstruo tiene miedo del mundo que hay bajo su cama. Está habitado por humanos que caminan con la cabeza hacia abajo y también teme que sean éstos los que consigan llevársela a su mundo.

Una noche, mientras Martina y la niña monstruo duermen, sus brazos se deslizan cayendo fuera de la cama y estas se conocen por primera vez. Pero Martina no estaba sola.

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Y bien, hoy me ha dado por pensar en la historia de Martina. Me ha dado por pensar en monstruos. Los monstruos están ahí queramos verlos o no. Los hay de diferentes tipos, vestidos con las ropas de la soledad, de los problemas, del miedo, del paso del tiempo, de lo desconocido, de la inseguridad o del fracaso. Quien más y quien menos,  tenemos miedo de ellos en momentos determinados. Y el miedo se acrecienta aún más si nos sentimos solos, si sentimos que todos duermen mientras a nosotros nos atormentan esos monstruos. Pero también me ha dado por pensar, que la realidad es que muchos de nosotros tenemos la suerte de Martina, suerte de no estar solos ante ellos.

¿Hay algo más bonito que tener a alguien que esté dispuesto a matar monstruos por nosotros? Mi vida, yo también mataré monstruos por ti.

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