La gimnasia de la desobediencia

¿Hasta qué punto podemos ser influenciados por nuestro entorno, grupos de referencia, grupos de iguales o grupos de presión? ¿Qué peso tienen todos estos agentes sociales en algunas de las decisiones más importantes que tomamos a lo largo de nuestras vidas? Aquello que Fishbein y Ajzen denominaron como “Norma social subjetiva” en su “Teoría de la Acción Razonada” me ha venido hoy a la cabeza al leer una reflexión de James C. Scott. Y es que veréis, si nos parásemos a pensar en el peso que tienen para nosotros todos estos grupos sociales de los que os hablo, podríamos incluso llegar a experimentar cierto temor o recelo. Todos nuestros comportamientos y actitudes son el resultado del equilibrio entre nuestras propias creencias y aquello que pensamos que “es lo que debemos hacer o pensar porque el resto así lo piensa o cree, porque el resto espera eso de nosotros”. Hay aspectos y decisiones en los que ese “resto” no tiene apenas importancia, pero también hay circunstancias y situaciones en las que esos agentes sociales están por encima incluso de nuestro propio sistema de valores. Pienso que en el fondo es lo más natural, somos seres sociales que influimos en los demás y nos vemos afectados también por los demás, como consecuencia de nuestras relaciones con otros seres sociales. Pero el hecho de que lo vea lógico y natural no hace que deje de darme miedo. Este equilibrio del que os hablo puede hacer mucho bien y ser causante de grandes y acertadas decisiones (a nivel personal), de cambios sociales trascendentales y positivos (a nivel colectivo), causante de progreso y evolución o de felicidad y consecuencias positivas. Pero es a la vez toda un arma de destrucción masiva, capaz de causar daño, dolor, odio, destrucción, desolación, discriminación, retroceso y prejuicios. Pensad fríamente lo que os digo.

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Análisis genéticos que pretenden sustituir el cortejo amoroso y las primeras citas

Quiero compartir con vosotros algo que leía esta mañana y que me ha hecho reflexionar acerca de lo que somos capaces (para variar, ambas cosas). La verdad es que resulta hasta gracioso y seguro que en momentos determinados, tras salir de una relación complicada y tormentosa, muchos de nosotros hemos llegado a pensar que ojalá se inventara la formula perfecta para saber de antemano si algo va a salir bien, antes de implicarnos y dejarnos llevar por nuestros sentimientos, antes de que se nos vaya de las manos. Pues bien señores, parece ser que alguien ha escuchado nuestras plegarias y se las ha tomado muy a pecho. Se trata de un kit con el que podremos saber qué compatibilidad tenemos con otras personas a través de un análisis genético y un test psicológico, incluso antes de conocerlas personalmente. «¿Imaginas poder resolver tus problemas de pareja antes de tenerlos?», con este reclamo intenta vender su producto la doctora Wendy Walsh.

Ahora, en serio, ¿Es que estamos tontos? ¡Con lo importante que es equivocarse en esta vida! No sabemos qué inventar ya con el propósito de hacer algo que nunca antes de haya hecho, con el objetivo de ser los primeros, de ir por delante, de innovar, de patentar, de querer hacerlo todo más fácil y bonito, con el fin de hacer negocio con todo eso con lo que más fácil resulta persuadir a las personas: con las emociones y los sentimientos. Pero ¿Qué moda es esta de que la ciencia se meta en terrenos donde pinta más bien poco? Que no me toquen el romanticismo estos de las probetas, gafas de inteligentes y bata blanca. Que en esto del amor a los conejillos de indias hay que dejarlos ser, dejarlos estar, no hay que coartarlos, frenarlos o dirigirlos en la dirección que a alguien un día de repente se le ocurra, porque a juicio de ese alguien, eso lo mejor para esa persona. ¿Quién tiene derecho a decidir qué es lo que más nos conviene? ¿Hasta dónde vamos a ser capaces de llegar? En estos momentos siento una mezcla de terror, pena e indignación, porque lo peor es que nos lo venden como la solución a nuestros problemas como personas modernas, avanzadas y del siglo XXl que somos. Bien, pues yo reniego de este circo lleno de payasos, leones y domadores que entre todos estamos montando.

El hecho de que una relación se termine después del tiempo que sea, no significa haber perdido el tiempo ni mucho menos. Significa que has querido mucho a alguien y lo has intentado. De hecho, cada relación fallida nos termina de dar forma, nos enseña muchas cosas, nos ayuda a conocernos a nosotros mismos, nos hace ver lo que queremos y lo que no. Necesitamos relaciones fallidas para darnos cuenta de cosas con paso del tiempo, para cuando llegue esa otra persona que siempre llega. Pienso que tenemos que decidir y equivocarnos por nosotros mismos, para que llegue el día en el que tras decidir, sepamos que hemos tomado la decisión acertada. Tenemos que sufrir y pasarlo mal para aprender a valorar todo lo bueno que tenemos y todo lo bueno que nos pase. Tenemos que ver cómo aquello en lo que creíamos de manera firme de repente un día se tambalea y dudamos hasta de nosotros mismos. Tenemos que cometer errores para aprender a acertar. Una relación es la única manera de conocer a la otra persona día a día, por cada una de sus acciones. Es también ceder en determinados aspectos en los que jamás pensarías que cederías por nada ni nadie, es aprender a pensar en dos en lugar de en uno mismo, es darte cuenta de si puedes o no vivir sin él o sin ella, y de si necesitas seguir avanzando, tener una vida en común con esa persona y que al despertarte cada mañana, sea lo primero que veas. Pienso que todo eso es algo que hay que vivir y comprobar por uno mismo. Y pienso además, que eso es lo que más merece la pena. No creo que necesitemos análisis genéticos para saber lo compatibles que somos con alguien. Necesitamos equivocarnos, igual que necesitamos dejarnos llevar, y ver qué pasa esta vez.

Permanece fuerte.

Permanece fuerte, no sucumbas, no te rindas, no renuncies, no desistas, no seas débil y no te abandones y te entregues a lo fácil, a tus instintos más primitivos y primarios, a lo banal e intrascendente. Lucha y no actúes por impulsos cuando te juegas en ello lo que tú más quieres. Cuando de por medio está eso de lo que más seguro dices estar en esta vida.

A día de hoy no conozco decisión importante que no implique sacrificios, riesgo y esfuerzo. Vas a pasarlo realmente mal, por suerte sólo a veces, y vas a querer abandonarte a tu instinto, pero si permaneces fuerte y fiel a lo que quieres, a quien eres y a quien más te quiere, te sentirás vencedor, glorioso y orgulloso de ti mismo. Decide y sé consecuente, hasta el final. Tu fuerza de voluntad, tus cojones y yo estamos de tu parte, incondicionalmente, dispuestos a recordartelo a cada instante.

 

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Sé muy bien de lo que hablo.

Hay una persona a la que últimamente no se lo pongo nada fácil y me siento un poco mal por eso. Él me ha fallado y me ha hecho daño con cosas que han pasado, que ha dicho y hecho, y con otras que no, también. Pero no puedo estar toda la vida recordándoselo y castigándolo por eso. Yo decidía si perdona y olvidar todo para seguir adelante, o por el contrario, bajarme del barco en mitad de la tormenta, tirando la toalla. Pero decidí la primera opción, porque siento que es el hombre de mi vida. Bueno no solo lo siento, estoy de hecho segura de eso. Y yo sé que mi actitud me aleja completamente de todo eso que quiero, me aleja de él. Y hoy, no porque sea lunes, que también, porque si lo pienso, el lunes es el día para todo aquello que nos proponemos y con lo que nos comprometemos a empezar. Hablo de las dietas, de apuntarte al gimnasio, de planear el resto de la semana o de una reunión importante. En fin, ¿Por donde iba? Yo y mis rodeos. Pues iba por lo de que justo hoy he sentido la necesidad de empezar con esto de… vamos a llamarlo “cambio de actitud” o “dejarme de gilipolleces”, porque a las cosas por su nombre. Y llevo un rato intentando pensar cual ha sido el detonante para que justo hoy me haya replanteado todo esto, pero no logro dar con ello, porque siempre suele haber un detonante, ¿No? Bueno, quizás ahora mismo eso sea lo de menos. El caso es que he decidido escribirle algo a esa persona a la que últimamente no se lo pongo nada fácil. También se la podía haber dicho directamente, ya que hablo una media de tres o cuatro horas con él al día, pero no era plan llamarlo a las dos de la mañana porque seguramente se asustaría, y la verdad es que no necesito decírselo mañana a las tres de la tarde o a las once y media de la noche, yo necesitaba soltárselo en este justo momento, porque él mismo me enseñó que no dejara para mañana lo que pudiera hacer hoy. Y como ni siquiera sé si mañana podré hacerlo, he decidido escribirselo en este blog. Así también podremos alguno de los dos, o los dos, leerlo cuando pase un tiempo y seguramente sonriamos al hacerlo. Allá voy.

“Hay una intervención drástica para tratar la epilepsia que consiste en cortar la conexión entre los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro, para bloquear las señales que provocan las convulsiones. El problema es que también impide al cerebro comunicarse consigo mismo. El hemisferio izquierdo no sabe lo que se propone el derecho. El paciente puede sufrir problemas de coordinación, memoria o habla. Se trata de una solución drástica que solo se lleva a cabo cuando las demás opciones han fallado, porque en cuanto se hace ese corte, no hay vuelta atrás.

Pues bien, hay una razón por la que los cirujanos están dispuestos a jugárselo todo en una operación arriesgada, sin vuelta atrás y que podría tener terribles consecuencias: A veces funciona.”

A mi me gusta extrapolarlo a cualquier otro ámbito. De hecho pasa más a menudo de lo que muchas veces imaginamos. Pasa cuando decides jugártelo todo en una decisión que estás tomando. Pasa por ejemplo cuando decides dar una segunda oportunidad a alguien, o una tercera. Pasa cuando decides seguir confiando aún a pesar del dolor que provoca en ti saber que han fallado. Cuando algo dentro de ti te dice que de no hacerlo, te arrepentirás durante el resto de tu vida. Cuando aún invadida por la rabia, el miedo, y la impotencia, sientes que todos cometemos errores, cuando comprendes que el orgullo no te llevará a ninguna parte, al menos no a ese sitio con el que llevas soñado toda tu vida con poder llegar. Pasa cuando eres capaz de sentir por adelantado que estás tomando la decisión correcta, porque no concibes tu vida sin la vida de esa otra persona por la que estás dispuesta a jugarte todo lo que tienes, y lo que no también. Pasa cuando quieres de verdad y cuando sabes que él te quiere por encima de todo, de su propia vida incluso. Pasa cuando miras a tu alrededor y te sientes orgullosa y afortunada por esa gran persona que tienes a tu lado. Porque yo me siento justo así. Y no necesito ni siquiera tiempo que me haga ver que la decisión que he tomado es la acertada. Yo ya lo sé. Es la decisión correcta porque he sido fiel a lo que siento, porque ha sido tomada con el corazón y con la cabeza, con la piel, los sentidos y con cada centímetro de mi cuerpo. Porque de no haberlo intentado una vez más, habría comenzado a morir en vida. Y a mi me da igual que se trate de una decisión arriesgada, como me dan igual las terribles consecuencias. Se que ninguna de esas consecuencias que de esta decisión se desprendan van a llegar a ser nunca terribles, si acaso terriblemente buenas. A mi me basta con saber que a veces funciona. Y se que es la decisión correcta porque tenemos planes. Porque quiero irme a vivir con él, que nos peleemos por el lado caliente de la cama, elegir el color de las putas cortinas, casarnos y tener hijos, aunque duela y en un futuro muy muy lejano (Sé que ahora se estará riendo). Y envejecer juntos, hasta que alguno de los dos se desvanezca. ¿Cómo iba a equivocarme con la decisión que he tomado? Creedme, sé muy bien de lo que hablo.

Las víctimas de un impacto repentino son los más difíciles de tratar.

“Las víctimas de un impacto repentino son los más difíciles de tratar. No es solo la colisión lo que les hace daño, es todo lo de después. Sus cuerpos son heridos una y otra vez”. Dicen que no hay forma de saber cuánto daño se han hecho realmente. Dicen también que no puedes prepararte para un impacto repentino. Uno no puede prepararse. Simplemente te golpea de la nada. Y de repente, la vida que conocías se termina de alguna manera para siempre.

Pasado un tiempo crees estar totalmente recuperada. Crees haberte repuesto por completo, pero la gran verdad es que no puedes hacer como si nada hubiera pasado. Porque las decisiones que tú tomas a partir de ese momento, tu forma de ver y afrontar la vida, todo aquello que viene después, está por suerte y a la vez por desgracia, estrechamente relacionado con el fuerte impacto del que crees estar totalmente recuperada. Para bien y para mal, queramos verlo o no.

Entonces, y después de mucho tiempo, llega a tu vida alguien que era todo aquello que tú has estado necesitando tanto tiempo. Y esta vez es diferente. Te pasa algo que tú pensabas que sólo sucedía en la gran pantalla. Y te sientes como Alli en el diario de Noa, como Rose en Titanic, Molly en ghost, Holly en posdata te quiero, Charlotte en otoño en Nueva York o Savannah en querido Jonh. Y no sabes realmente cuándo, cómo ni porqué, pero sucede. Esa persona consigue llegar donde nunca nadie antes había conseguido llegar, a tu corazón. Encargándose de recomponer tu vida y de recomponerte a ti misma. Entonces, condicionada por todo lo que te ha pasado y has vivido, ves la parte positiva y das incluso las gracias a esos fuertes impactos que te han hecho ser quien eres hoy. Esos que te han hecho ver como funcionan las cosas ahí fuera. Y luchas, luchas con todas tus fuerzas porque entre tanta cosa aparente, superflua, falta de sentido, de trasfondo y de ser, consigues darte cuenta de lo que esa persona significa para ti. Eres consciente de que esa vida que conocías y que se terminó de alguna manera para siempre con cada una de esas colisiones de las que hablo, es lo mejor que ha podido ocurrirte nunca. Porque la vida que tú quieres, no es otra sino una vida junto a él.

Pero con el tiempo también, te das cuenta de que aunque creas estar completamente repuesta, aunque hayas sacado realmente muchas cosas buenas y seas quien eres gracias a eso, las víctimas de impactos repentinos son realmente difíciles de tratar y en determinados momentos arrastran consigo a las personas que más quieren, a esas personas con las que comparten su vida y que tanto bien les hacen. Entonces, eres consciente también de esa otra cara de la moneda, eres consciente del daño que puedes causarle a esa persona con la que quieres compartir el resto de tu vida. Llevas contigo mucho lastre, y eso es algo que inevitablemente, lo quieras o no, va a afectar en determinados momentos, con algunas de tus actitudes, pensamientos y reacciones. Esa carga que llevas soportando sola tanto tiempo, de repente está repartida. Todo lo que te afecte, te haga sentir mal y te condicione, todo lo que te quite el sueño, las ganas de comer o de vivir incluso, todo eso causa el mismo dolor y las mismas consecuencias en esa persona que ha decidido que se reparta la puta carga que llevabas a cuestas tú sola.

Lo siento. Siento ser difícil de tratar y arrastrarte a veces conmigo por cosas en las que tú no tienes nada que ver. Siento que esta otra cara de la moneda no sea un camino de rosas. Siento que nos haga venirnos abajo, discutir, temblar y llorar de rabia, impotencia y miedo. Pero creo que para nada nos aleja. De hecho, creo que los daños colaterales que de ella se desprenden son los que más nos unen y más ganas de luchar nos aportan. Creo además que son los que más nos hacen sentir y conocernos. Porque mi colisión más grande e importante en esta vida has sido tú. Mi impacto repentino preferido y al que no solo se que nunca voy a acabar de reponerme, sino al que además no quiero hacerlo. Porque cuando yo te digo todos los días de mi vida, me refiero a todos y cada uno de ellos.

Por la mañana lo verás todo mejor, siempre pasa.

 

“Por la mañana lo verás todo mejor, siempre pasa”.

Anoche me fui a la cama con la esperanza, pretensión, propósito, deseo, y más que deseo, con la necesidad de que esto que yo tanto predico, hoy más que otros días se cumpliera.

Me paraba a hacer balance, y últimamente las sonrisas parecen pujarse demasiado caras para mí. Necesito volver a sentirme el mejor postor en cuanto a materia de felicidad se refiere. Pero aunque nosotros tenemos mucho que ver al respecto, la felicidad también está condicionada por una serie de factores externos y ajenos a nosotros mismos. Para ser felices necesitamos ver también felices a las personas que más queremos. Y si esto no pasa, a lo máximo que podemos optar es a algo así como una felicidad a medias. Es tan rara y tan relativa la felicidad, tan inestable pero a la vez tan necesaria, que anoche me fui a la cama algo cabreada con el mundo. Es tener la sensación constante de que por mucho que me empeñe, hay cosas que parece que nunca vayan a cambiar. Una mezcla de rabia, impotencia y decepción. Pero cuando me siento como anoche, tengo también mis momentos de lucidez y de ser consciente de que hay cosas que se escapan a nosotros. Entonces, me siento egoísta porque al fin y al cabo, seamos capaces de verlo o no, siempre podría ser peor. En momentos como los de anoche, me paro a pensar y siento que la felicidad también consiste en sentir que somos felices aún cuando se trate solo de esa felicidad a medias. De hecho, por muy buen momento que estemos atravesando, siempre habrá complicaciones que surjan y que turben o empañen esa felicidad que segundos antes estábamos experimentando. Quizás ahí es donde resida realmente la felicidad.

Ha funcionado. Esta mañana al despertar lo he visto todo mejor. Al fin y al cabo, dicen que siempre pasa, ¿No?.

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Porque las cosas pueden ser como tú quieres que sean.

– Cariño, ¿Verdad que las cosas no deben ser siempre como los demás nos pintan que son, o como los demás quieren que sean? Ni siquiera lo son como pensamos que debieran ser, ¿Te has parado a pensarlo?

– ¿Cómo? No sé a qué te refieres.

– Mira, lo vas a entender mejor así. Esta era mi cena:

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– Pero así es como yo he querido que fuera:

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– Dios, amor eres increíble.

– ¿Lo entiendes ahora un poco mejor?

– ¡Claro que lo entiendo, lo entiendo todo!. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

– Tú eres mi vida, tonto.

Yo mataré monstruos por ti.

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Martina no puede dormir por las noches porque tiene miedo. Cree que bajo el suelo de su habitación se esconde un mundo habitado por monstruos que caminan con la cabeza hacia abajo. Martina cree que si un día se ponen de acuerdo y saltan todos a la vez, la frontera entre ambos mundos puede desaparecer y haber un lucha muy igualada entre humanos y monstruos, consiguiendo éstos llevársela a su mundo y obligándola a caminar del revés.

Al otro lado del suelo, la niña-monstruo tiene miedo del mundo que hay bajo su cama. Está habitado por humanos que caminan con la cabeza hacia abajo y también teme que sean éstos los que consigan llevársela a su mundo.

Una noche, mientras Martina y la niña monstruo duermen, sus brazos se deslizan cayendo fuera de la cama y estas se conocen por primera vez. Pero Martina no estaba sola.

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Y bien, hoy me ha dado por pensar en la historia de Martina. Me ha dado por pensar en monstruos. Los monstruos están ahí queramos verlos o no. Los hay de diferentes tipos, vestidos con las ropas de la soledad, de los problemas, del miedo, del paso del tiempo, de lo desconocido, de la inseguridad o del fracaso. Quien más y quien menos,  tenemos miedo de ellos en momentos determinados. Y el miedo se acrecienta aún más si nos sentimos solos, si sentimos que todos duermen mientras a nosotros nos atormentan esos monstruos. Pero también me ha dado por pensar, que la realidad es que muchos de nosotros tenemos la suerte de Martina, suerte de no estar solos ante ellos.

¿Hay algo más bonito que tener a alguien que esté dispuesto a matar monstruos por nosotros? Mi vida, yo también mataré monstruos por ti.

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